lunes, 25 de abril de 2022

PANTANO


Hola.

¿Venís seguido a este pantano? ¡Ah! ¡Es tu primera vez!
¿Que por qué vine yo la primera vez? Seguramente por algún motivo muy diferente al tuyo, nadie lo sabe del todo conscientemente.. Lo que es seguro es que todos nos diferenciamos en nuestra primera vez. Después nos vamos asimilando y de a poco nos va motivando lo mismo, según se sospecha.

El olor a podrido es bastante fuerte, claro
Pero se comenta que es adictivo. Hasta se dice que hay quienes ya no pueden respirar otro aire por fuera de este miasma.

¿Sabías que acá casi todos hablamos con una única persona? Bueno, sí, hablamos con varias, con muchas; pero en nuestra intención imaginamos que hablamos con una sola, que nunca está; y le decimos a cualquiera lo que le querríamos decir a la ausente...por no poder cobrar una deuda, estamos pagándola al infinito...si ya se, ni a vos ni a mí nos va a pasar eso…

Asomate a la orilla, vení.
¿Ves tu reflejo?
Sí, muy borroso. Casi todos vamos creyendo que eso que vemos es alguna otra persona. Terminamos odiándola, sobre todo porque no la podemos sacar de nuestra imaginación. Si, es bastante fastidioso. Claro. ¿Cómo no?

Ya vas entendiendo cómo funciona esto.
En realidad nadie lo entiende, pero aun así vamos sacando nuestras propias conclusiones. Aunque a casi nadie le importa nuestra opinión. Es mutuo.

El único sitio para estar es la orilla.
Si te caés, te hundís en la ciénaga inexorablemente y más rápido cuantas más fuerzas hagas por salir.
Si te alejás de la orilla, va a ser para girar en círculos entre los pajonales y el olor a podrido.

Sí claro, deberíamos salir de acá. Sería deseable si es que hubiera adónde ir.
¿Qué?
¿Que ese es el sitio del cual venimos?
No.
No te confundas.
Nunca vinimos de ningún lado.

¿Qué?
¿Que por qué te pregunté si venías seguido? ¿Que te pregunté si era tu primera vez?
No.
Eso lo imaginaste vos.
En realidad yo te pregunté otra cosa.
Y en realidad se lo pregunté a otra persona.

Ahora ya estás acá: que vos hayas aceptado responderme no es mi problema. 

lunes, 4 de abril de 2022

NADA FUERA DE LO NORMAL


Esa palabra de mierda.

Me preguntaba todo el tiempo cómo lo hicieron; quién lo hizo o cómo se hace; desde cuándo. Una única palabra imperativa, decía yo, se había convertido en un santo y seña. La conjura de terrores innumerables resumida en una palabra en común.

Me resultaba absurdo.
El mismo nombre para cada caballo ciego y desbocado sobre el que cada quien vive su propio eufórico delirio imaginándose que lo controla y dirige la marcha mientras lo llama por un apelativo al que el animal no responde.

Yo hacía un recuento y llegaba a la conclusión de que hay un catálogo reducido a tres o cuatro palabras de mierda como esa. Que te las pronuncian en la cara asumiendo que  sos igual que ellos (y asumiendo que ellos son iguales a vos). Pero que nadie es igual, lo cual sería muy difícil de aguantar para la gran mayoría si fuesen cabalmente conscientes de eso.

Sentía que no se ve el arma porque no está, pero que al pronunciar esas palabras de mierda te invitaban a aceptar lo que se supone que implican; con un revolver apuntando a tu entrecejo.

No soportaba que las dijeran, las escupieran, mejor dicho, y parecieran asumir que estábamos hablando todos de lo mismo, de lo que se supone que cualquiera espera o desea, de lo que se supone que cualquiera teme.

Decía yo que si estamos apilonados viviendo en el mismo sitio, eso es tan solo por un tácito malentendido, un viejo terror oculto y una antigua resignación, celebrados cada fin de año con alegría y buenos augurios.

Y afirmaba que no es hipocresía.

Que la hipocresía es otra cosa. El "yo sé que tú sabes que yo sé: disimulemos" de la vida mezquina es muy otra cosa. La hipocresía es perfectamente consciente.

Cansado de que encima me señalaran a mí como un neurótico severo buscándole siempre la quinta pata al gato; y de que hablaran a mis espaldas; imaginé que podría haber algún sitio alejado de tanto ruido mental y elegí irme a Arroyave, casi por instinto.

Es verdad:  me fui por todos los otros motivos sobre los que no hace ya falta abundar.

Cuando llegué, el casero, mientras me mostraba la casa que le había alquilado, me indicó que allí el agua para beber se extraía del arroyo, no se tomaba de la canilla y que él se ofrecía a proveerme si yo no quería tomarme el trabajo de ir a buscarla. Asumí que las napas estarían contaminadas y le agradecí el gesto. Me indicó que los inquilinos anteriores habían dejado en la heladera dos o tres botellas, así que tendría para un par de días, pero que le avisara ni bien necesitara más; que él solía ir día por medio hasta el arroyo.

También me previno de otras cosas: "…acordate, la hora más peligrosa es cuando clarea...”. Me lo dijo como quien supone que su interlocutor sabe de qué le están hablando.
No lo sabía, claro. Yo había llegado hasta allí buscando un sitio tranquilo. Parecía no serlo del todo.

 

Cuando el hombre me dejó solo, lo primero que hice fue ir hasta la heladera. Debe ser una de las primeras cosas que hace cualquiera en su nueva morada. Ahí estaban las dos botellas de agua. Me serví un vaso y tomé, tan solo porque al respecto había una indicación que lo hacía especial. En ese caso se trató sin yo saberlo, de un bautismo iniciático irreversible. Luego del primer vaso de agua en aquel sitio, cualquiera pasa a ser parte de él para siempre.

Comencé a sentirme muy a gusto.

El buen ánimo me estimuló a salir a recorrer el pueblo. Pronto me vi sentado en una de las mesas que un barcito tenía sobre la vereda. No tardé en entablar conversación con dos o tres que me preguntaron si era recién llegado.

Tuve una sensación que, por contraste, advertí que hacía tiempo no experimentaba: la de una charla franca y sincera que brinda a cada palabra la inminencia de alguna maravilla. Mis interlocutores tenían una especie de encanto si se podría llamar así. Y me hacían sentir que yo también lo tenía para ellos.

En la conversación surgió el tema del agua. Me enteré que el agua que sale de las canillas allí es potable y se podría beber sin riesgos.

Cuando intenté averiguar por qué elegían tomarse el trabajo de ir hasta el arroyo a buscar el agua que bebían recibí como respuesta que lo preferían así. Tuve la impresión de que lo que se me estaba queriendo decir era: “Si tenés que preguntarlo, es porque todavía no podés entenderlo…”

Preferí no insistir.

Supuse que quizás fuese alguna postura de hippismo tardío. Al fin de cuentas esa es una de las marcas distintivas con las que se conoce al lugar.

Cuando regresé a la casa algo me llevó hacia la heladera para servirme otro vaso del agua misteriosa. Quizás, la intención de sentirme parte, de hacerle un homenaje al sitio y a aquella gente que me habían hecho recuperar un estado de existencia y cierta respiración interna que, sin haberme dado cuenta, hacía mucho me había abandonado en la metropolitana “Cretinolandia”.

Me fui a dormir.

No sé qué hora sería cuando desperté absolutamente desesperado. No tenía claro si era vigilia o sueño. Los límites entre ambos se habían borrado. Decidí que estaba despierto, por aferrarme a algo. Casi no podía respirar, estaba aterrorizado por una pesadilla atroz, indescriptible, que no terminaba de salir de mi cuerpo. Al mismo tiempo, me sentía dispuesto a cualquier cosa. Fui hasta la cocina. No sé por qué agarré un cuchillo. Se me cayó de las manos. Sentía que no podía tomarme el tiempo de levantarlo. Salí a la calle sumido en una suerte de éxtasis inverso, un delirio asesino, un terror agónico.

Corrí a lo largo de la calle vacía, en penumbras, sin rumbo definido. Tenuemente insinuaba clarear por sobre los cerros. El alumbrado era escaso y mi visión, borrosa.

Apenas podía ver para diferenciar entre las sombras un par de cuerpos tirados sobre las aceras. Había sangre alrededor.

A lo lejos divisé dos o tres personas que corrían hacia ningún lado, despavoridas igual que yo.

Creí escuchar algún insulto proferido por una voz de otro mundo. También algún grito de terror salvaje abruptamente cegado. Desde lejos se escuchaban alaridos como en sordina, palabras indescifrables, los ecos de los taconeos de alguna corrida.

Detuve mi carrera, me faltaba el aire. Me apoyé sobre un árbol.  Sentí que algo venía tras de mí. El instinto de supervivencia me llevó a correr hacia la casa. Eso que me seguía se acercaba a mí jadeando. Entré y tranqué la puerta.

Estaba sediento. Acabé con el contenido de una de las botellas que había en la heladera y recuperé algo de calma.

Esperé que avanzara la luz del día y volví a calle. Busqué los cuerpos que había visto (o que creí haber visto).

No estaban.

Resolví que necesitaba ver a un médico. El casero me dio el teléfono del único con el que contaban en el pueblo. No me preguntó si me pasaba algo. Sentí que ya lo sabía.

Llamé y me atendió el doctor en persona. Le solicité una consulta y me indicó dónde encontrarlo.

Una vez en el consultorio, le conté lo que me había sucedido unas pocas horas antes.

Me indicó que no me había pasado nada fuera de lo normal allí.

Me explicó con naturalidad cómo funcionan las cosas.

El médico me dijo que los efectos no son iguales en todos los casos. Que pueden llegar a ser muy disímiles de una persona a la otra. Pero que con relativa frecuencia se dan del modo en el que yo los había experimentado.

Me dijo que no se sabe muy bien si se trata de alguna especie de alga enteógena que se encuentra en las aguas del arroyo o alguna sustancia contaminante que pueda ser vertida aguas arriba, pero que no recordaba que alguna vez alguien hubiera tenido interés en averiguarlo. Me explicó que la sensación de bienestar y hasta de euforia durante el día se debe al agua. Y que cuando pasan algunas horas sin ingerirla (muy naturalmente durante el tiempo en el que la gente duerme), la respuesta corporal y psíquica puede ser imprevisible.  

Las varias horas sin tomar agua que pasamos durante el sueño tal vez sean lo que desencadene una descompensación brusca en algunos neurotransmisores, según el momento y la fisiología de cada quién...cuestión de azar tal vez...Habría que estar levantándose toda la noche a tomar agua, pero en ese caso en lugar de que tan solo algunos sufrieran eventualmente brotes como el tuyo, enloquecerían absolutamente todos por la falta de sueño”; explicó.

Me indicó que para las diez o diez y media de la mañana, la hora a la que yo había salido a comprobar si los cuerpos que había creído ver durante el delirio  seguían allí; todos los que pudieran haber “caído” durante la “furia” (así lo dijo), generalmente ya han sido retirados.

Me contó que al principio hubo cierto intento de parte de las autoridades de hacer cumplir las leyes, para aceptar tácitamente al final que nadie tendría legitimidad para aplicarlas, que nadie tendría interés en denunciar nada, que finalmente sería una pérdida de tiempo y de recursos.

Sería muy embarazoso tratar de averiguar quién asesinó a quién, cuando en la mayoría de los casos no quedan rastros demasiado evidentes más allá de los cuerpos que puedan encontrarse desperdigados por ahí. Tampoco testigos, claro. En esos momentos nadie está en condiciones de atestiguar nada.

Y dado que está asumido que cualquiera es un virtual homicida a la hora de la “furia”, no tendría sentido delimitar conductas con penalidades inocuas. Por otra parte, nadie las reclama aun cuando cualquiera también podría convertirse en la víctima del caso. Ser potencial víctima o victimario indistintamente pone a toda la gente en un plano de igualdad. Nadie asume necesidad de reparación alguna.

Al fin y al cabo, durante el día todo se ve con otra perspectiva y se aclaran las cosas.

“El bienestar bien lo vale” acotó.

Deberé haber estado perplejo y horrorizado después de las explicaciones que el médico me brindaba con naturalidad.

La verdad es que no lo recuerdo

Finalmente, el doctor me dijo que quizás esa noche pudiera dormir sin sobresaltos. Pero que no podía asegurarme lo mismo para todas las siguientes noches. Mientras me retiraba me saludó con un gesto amable al tiempo que tomaba un sorbo de agua.

De regreso a la casa, recuerdo que, cavilando, llegué a la cuenta de que si se interrumpiera la afluencia constante de nuevos habitantes atraída por un sitio tan acogedor, la población de Arroyave se habría extinguido haría ya tiempo. Sería una hermosa villa fantasma.

“Arroyave de Sierrasarriba: hermoso pueblo fantasma. La mejor agua del mundo.” Sería un slogan absurdo ciertamente.

Al mediodía llegó el casero. Venía del arroyo y me dejó mis dos botellas. Me dijo que al otro día me traería una más. Tomé un vaso para ver si percibía algún sabor extraño. Nada.

Durante el resto de la jornada me sentí muy bien y me dispuse a organizar mi trabajo.

A la tarde fui hasta el bar. Tenía una cita con los amigos que había conocido el día de mi llegada.

La vida era encantadora allí

Esa noche dormí sin sobresaltos. Como tantas otras. A diferencia de tantas otras.

La primera vez que regresé a la ciudad fue después de una “furia” en la que pude a tiempo evitar caer.

Fueron unos pocos días los que necesité para que remitieran los efectos de la falta de agua. Las pesadillas habían desaparecido. Durante la vigilia una extraña calma había tomado el lugar de la euforia, y eso estaba muy bien.

Ya no necesitaba tomar del agua y curiosamente ya no me molestaban como antes las palabras de mierda ni la vida mezquina.

No hubiese necesitado volver a Arroyave.

Pero volví.

La segunda vez que retorné de Arroyave a la ciudad fue por mi primer “caído”.

Previsible. Tu primer caído puede impresionarte un poco.

Es extraño: ya fui y volví varias veces sin necesitarlo. Creo que no podría precisar cuántas.

Tal vez un día ya no vuelva a la ciudad.


 

jueves, 18 de noviembre de 2021

QUIÉN QUERRÍA IRSE DE AQUÍ

 

           “…hablaban de libertad todo el tiempo, pero casi nadie quería ser libre, y casi nadie lo sabía…quienes sí desearon mirar a la Libertad de frente, en su mayoría enloquecieron. Eso no estuvo nada mal…”

       
       " ...la lucidez extrema y la paranoia se rozan los labios de manera envidiable..."

 

El estupor va a conminarte a partir.

Es menos probable que lo haga el hartazgo, aunque también se trata de una cuestión de vida o muerte para quien lo piense un poco.

Los cuerpos visibles van decantando en su caída a caminar las mismas calles, en el mismo orden de siempre. Eso implica transitar a la par los mismos pensamientos en una secuencia rutinaria, abominable.  Se va cristalizando una relación especular entre la topografía del terreno y la de los pensamientos. Hay calles que han quedado definitivamente sustraídas del recorrido y nadie se pregunta por qué.

 No pueden sentir ni pensar otras cosas los cuerpos que siempre hacen lo mismo.

En general, nadie quiere cambiar ni mover las cosas de lugar. El malestar es inherente, la asfixia es proverbial en un mundo as í, pero nadie quiere alterar nada.

Las revueltas son invisibles. Pasan desapercibidas salvo para lo que está encargado de aniquilarlas ni bien las detecte, fulminando a los invisibles insurrectos.

El peligro suele darles un repentino sentido a las cosas.  A la par del terror se puede percibir, si se olfatea bien, un sutil perfume de entusiasmo. Quizás de euforia.

               Ninguna voz del otro lado.

               Indicio elocuente.

               Ominosamente, está cerca, está encima.

               Moverse.

               Irse ya.

 

En la calle, la niebla habilita una visibilidad de no más de cinco metros a la redonda, apaga todo sonido que provenga de lejos y ofrece la sensación de que la viscosidad enlentece el devenir del tiempo. No conviene entregarse a esa alucinación.

Es pasada la medianoche.

Un taxi que nunca vio venir irrumpe. Alcanza por muy poco a hacerle seña.

Las buenas noches al taxista no obtienen réplica. Indica como destino la estación de trenes.

El taxi se detiene ante un semáforo.  Le causa extrañeza que aún funcionen los semáforos. Pero claro, ese tipo de cosas son las que se detendrían en último término. Lo más prosaico conserva la inercia de su funcionamiento aún después del momento en el que se ha vuelto perfectamente inútil.

El taxista escucha la radio. No parece haber noticias. No tendría por qué haberlas, claro.

Siente una artificiosa seguridad ahí adentro, dormitaría placenteramente hasta llegar a destino si no fuera por el idiota que ameniza la medianoche desde la radio con su murmullo engolado, evidentemente convencido, como casi todos los que tienen un micrófono delante, de que tiene cosas importantísimas para decir, sin percatarse de lo siniestro del sitio que ocupa.

Mira por la ventanilla para comprobar que la niebla torna más densa. Al cruzar una calle alcanza a ver, o cree ver, un cuerpo tirado en el medio de la vereda en la esquina en diagonal.

                      _ ¿Vio eso? _ le pregunta en un sobresalto al taxista e inmediatamente se arrepiente de haberlo hecho. Ya es tarde.

                      _ ¿Qué cosa? _ respondió desganado el tipo.

         

Hubiera asegurado que el taxista estaba mirando hacia el mismo lado. Tendría que haberlo visto. Prefiere no indagar.

El taxi se detiene ante un nuevo semáforo en rojo. A su lado, otro auto con vidrios polarizados. No se puede ver hacia su interior. No se puede saber cuántos cuerpos viajan allí. Hay un breve destello, quizás alguien que enciende un cigarrillo.

El semáforo en verde habilita continuar la marcha. El otro sigue al taxi por detrás durante algunas cuadras. EL taxi toma velocidad de a tramos y deja al otro vehículo allá atrás perdido en la bruma. Cada tanto aquél se adelanta y se hace nuevamente visible. Finalmente se pierde. Ya no verán a nadie más hasta el final del trayecto.

Llegan a la puerta de la estación.

Paga el viaje. Aún debe quedarle dinero para el tren.

                   _ Creo que estaba muerto _dice el taxista mirando el espejo retrovisor. Les brillan los ojos mutuamente.

No alcanza a reaccionar. La puerta se cierra y el taxi se aleja para siempre.
Mira perderse al auto en la niebla y siente irse tal vez la última oportunidad de hablar con alguien sin que eso se convierta en un intercambio entre zombies.

Siente la presencia de algo a sus espaldas. Acaso siempre fue lo mismo: un gran cúmulo de presagios improbables y tan solo unos pocos acontecimientos disruptivos que nadie hubiera podido anticipar ni después entender;  acumulados en una memoria mutante cuyo trazo, con el tiempo, será cada vez menos fiel.

El edificio de la terminal le opone su inmensidad a la niebla. El contraste es monstruoso.

Adentro, el hall está prácticamente vacío y muy mal iluminado. Casi la mitad de las luminarias han sido apagadas o están destruidas. La penumbra parece facilitar la propagación del eco del taconeo. Uno solo de los bares al paso ha permanecido abierto.

Más allá, los andenes están desiertos. Los hilos plateados de las vías se hunden en la bruma y lo último que alcanza a verse es el brillo tenue rojizo de las luces de las señales de vía libre.

Busca con la mirada dónde comprar su pasaje.

Frente a la ventanilla advierte que no sabe hacia dónde ir.

Que no hay hacia donde ir.

Que no sabe por qué decidió llegar hasta allí.

Pide un boleto para el tren de las dos, compulsivo intento de llenar el vacío de no saber nada.

La mujer que atiende es la única persona en ese sector. Le tiemblan levemente las manos. A su lado tiene un vaso de plástico con café. La superficie por debajo tiene una mancha amarronada y seca; quizás derramó algún café antes de ese. Su mirada tiene algún rasgo de desquicio.

                 _ ¿El tren de las dos? Hermoso. Con mi familia siempre salíamos de vacaciones en el tren de las dos…¡hermoso,hermoso!, sí…el tren de las dos…

Y queda como suspendida en un murmullo hablando con el vacío sin fondo de sí misma, agarrada de su rama sicótica al borde de algún abismo …

 

Siente un leve temblor y vuelve a mirar las manos de la mujer que acaban de entregarle el pasaje y aguardan el dinero a cambio.

Paga. Toma el pasaje. Se retira de allí. La deja hablando sola. Ella no se entera.

Mira los andenes, pasando los molinetes y le parece absurdo pensar que más allá de la niebla, siguiendo esas vías, pudiera haber habido algo hermoso.

Todo cree estar sucediendo, así como la mujer creyó estar diciendo alguna cosa, habilitando el último delirio antes del próximo.

Se dirige hacia el bar que había visto abierto, en la otra punta del hall.

Un televisor suspendido en el aire, mudo, con un pastor evangélico que seguirá hablando perpetuamente a sus momias de esperanza y de negocios.

Se sienta en uno de los bancos altos de la barra

Pide un café y algo de comer. 

Cambia con quien atiende, algo parecido a un billete y recibe a cambio algo parecido a un café, algo parecido a un bizcocho y algo parecido a otro billete que parece compensar la transacción. 

El intercambio es un encantamiento. Las sociedades son imaginarias.

El tráfico de miradas es el fundamento de cualquier circulación.

Ver y ser visto. Mirar y ser mirado.

Mirar a los otros, como si algo pudiera saberse o entenderse sobre un semblante indescifrable, para dejar caer estúpidamente lápidas de juicios delirantes.

Tributar a la mirada ajena una impostura pacientemente construida para ofrecer lo que el otro nunca ha deseado más que en la propia imaginación, y ser condenado aun cuando se consiga una caricia. A cambio.

Todo intercambio es desigual. La justicia es un embeleso aun cuando parezca justa.

El orden es siempre violento y amado a la vez.

No hay verdad nunca.

Libertad, amor, delirio. Signos detenidos absurdos para significar lo que se mueve.

Signos imposibles.

Signos como si fuesen monedas a cambio de otras.

Monedas falsas.

Valga la redundancia. 

Toda moneda es falsa. Aunque un equívoco circunstancial sirva para agotarla y convertirla en un café, en un bizcocho y en un pasaje para un tren que parta a las dos. En la guerra hay que apelar virtuosamente a cada ocasión de poder sacar una mínima ventaja.  

Despanzurrar signos para ver qué tienen dentro.

Descifrar el código morse de una estrella que tal vez ya esté muerta.

Dinamitar las etimologías para ganar un segundo más de oxígeno.

 

Muy cada tanto estalla el quiebre y parece revelación lo que es solo infinitesimal pasaje de una ilusión que se ha convertido en pura opresión, inmovilidad y agobio, hacia la ilusión siguiente que al fin decantará para reemplazar el yugo de la anterior.

 

Cree que todo lo que hay es una guerra eterna entre la Quietud y el Movimiento.

 

Moverse. Siempre quiere moverse.

Supone que la Victoria consiste en lograr pequeños y efímeros triunfos antes de la Derrota definitiva. 

Cada triunfo no es más que un nuevo escape. Otra bala que pasó de largo. 

Pero no cree que haya sitio hacia donde ir.

Sí hay sitios de los cuales irse todo el tiempo. 

 

Irse.

Otra vez irse.

Y después irse de nuevo.

Hasta que la catástrofe inexorable final no signifique nada 

 

Como quien interrumpe una escritura para mantener a salvo al silencio de su traición involuntaria  


Como quien interrumpe la lectura porque presiente que algo siniestro se esconde en seguir leyendo siempre del mismo modo. 

Como quien se sube a un tren que se hunde en la niebla sin destino conocido



 




viernes, 22 de octubre de 2021

EL MERCADO DEL SEMBLANTE

La mayoría de las personas es muy parecida a vos.  Con altísima probabilidad formás parte del comportamiento promedio.  

¿En serio te sentís más virtuos@ que otros?

¿En serio te sentís una mierda?

¿En serio te sentís al mismo tiempo o alternadamente las dos cosas, según como venga el día?

Calmate.  No sos nada excepcional, ni en un sentido ni en el otro. Tu originalidad es más bien previsible.  

El mundo no está contra vos y tampoco hacés demasiado daño.

La insignificancia está muy bien recompensada y a la mayoría el instinto se lo indicó ya a muy tierna edad.  Podrías ser una excepción, por supuesto. Cualquiera podría.  Pero eso es muy poco probable.

Todo esto, si de apariencias hablamos.

Tod@s somos anormales, claro.

Pero eso suele permanecer en letargo detrás del mercado del semblante.  

El modo en el que funcionan casi todas las cosas.

Casi nadie conoce de sí mism@  mucho más que su propio semblante.


lunes, 11 de octubre de 2021

SALVAJES


Capitalismo, evolución, razón, civilización, modernidad, progreso.

Palabras que se hilvanan juntas en los discursos como si hubiera un orden evidente y necesario que las asocia...y como si fuesen balas que esperan juntas en el cargador de la ametralladora que ordena lo que esta correcto argumentar.

Hay una axiomática latente en los discursos. Ya sea a favor o en contra. La razón científica, el valor de las cosas (o que las cosas tienen valor) no dejan de estar presentes aún en los discursos más críticos. Hay una suerte de orden implícito en el discurso, algo así como unas reglas del juego que por algún motivo no se cuestionan.

La complejidad de saberes cada vez más especializados, junto con los desarrollos tecnológicos acelerados parecieran ser bienes que habría que agradecerle al sistema.

Sus fallas podrán corregirse de un modo u otro, a favor o en contra de algunos o de otros (eso le queda a la política) , pero aquellos atributos son ampliamente aceptados: la humanidad ha llegado a niveles de superación sorprendentes que nadie parece negar.

Las derivas del capitalismo hacia su faz de acumulación financiera como patrón , ha transformado, entre muchas cosas, el proceso de valorización de las cosas y de las personas, indiscernibles ya las unas de las otras.

La valorización de todo es financiera, por lo tanto, es “a futuro”.

Y es algo más que una forma de valorizar. Una sociedad “con mercado” es aquella en la que el mercado se subordina a reglas de socialización determinadas. Pero estas ya no son sociedades “con mercado”. Son sociedades “de mercado”, en las que las reglas de mercado someten a todo fenómeno social, y determinan la propia configuración de los sujetos.

En ese mecanismo particular las personas están cooptadas por el futuro, están atrapadas en el futuro. Y por lo general, de un modo u otro, endeudadas. Es la garantía de tenerlas presas del próximo almanaque.

Es así que el proceso de valorización adquiere el carácter de un dispositivo moral de veridicción: es verdad lo que tiene valor (financiero), está bien lo que merece ser financiado, está mal lo que no debe ser financiado por no ser rentable. La evaluación costo-beneficio se aplica en todos los órdenes de la existencia.

¿Y cómo se establece el valor?. A futuro; más precisamente, evaluando al momento presente los flujos futuros que las personas y las cosas generarán.

¿Cómo se sabe que sucederá lo que así se proyecta?

Hay un saber ya lo suficientemente sofisticado (se supone), que nadie cuestiona, como ya se dijo, que permite creer en ello. Creer. ¿Cuestión de fe?. No . Razón científica. Es extraño.

No hace falta recopilar todas las debacles que con cada vez mayor frecuencia se han abatido para destruir “valor” en cuantías estrafalarias y que no pudieron ser anticipadas por ningún dispositivo cibernético, por ninguna teoría, por ningún cuadro estadístico; porque la lista está al alcance de cualquiera.

Pero se vuelve a creer en aquel saber, una vez disipada la última tormenta económico- financiera; saber aparentemente a prueba de cualquier suspicacia.

Pareciera haber un velo que no deja ver lo evidente: el sistema capitalista depende cada vez más de la superstición y del pensamiento mágico 

Igual que lo hacían aquellas tribus que la civilización moderna se jacta de haber dejado atrás.

viernes, 1 de octubre de 2021

CARAMELOS DE PLÁSTICO


 

Es una ciudad horrible. 
Las tripas de quienes viven en ella lo saben. Es por eso que proclaman tan vehementemente el orgullo que sienten por su ciudad cada vez que se les presenta la ocasión. En esas circunstancias,  se convierten en personas decididamente fastidiosas. El resto del tiempo son bastante melancólicas.
Por todo eso , sería bueno darse cuenta de que son gente bastante peligrosa.  No es gente mala en su mayoría,  pero si muy peligrosa: pueden llegar a ser feroces llegado el caso. Tienen aletargada en sus cuerpos esa particular ambición de la que es capaz la mediocridad, y que se despierta cuando la contingencia les pone por delante algún bocado apetecible que promete sacarlos del marasmo de su nada cotidiana y llevarlos a lo más alto ,que es un sitio en sí bastante bajo si se lo relativiza, pero que a ellos se les aparece alucinadamente como la cumbre del mismo monte Everest. Son capaces de las peores traiciones y de los peores crímenes por aquel apetecible bocado que no es otra cosa que un caramelo de plástico.

Nada muy diferente a lo que suele suceder en casi todas las demás ciudades y con casi todos los demás orgullos.

QUIÉN SABE


 

Veamos. Hay quienes no respiran por miedo a que la bomba explote. 

No hay manual de instrucciones que aclare qué cable cortar primero, si el rojo o el azul.

Otros están más interesados en sostener su opinión al respecto, que se supone infalible. . Siendo que las opiniones no son otra cosa que el eco invertido de alguna opinión en sentido contrario, extinguiéndose unas y otras en un residuo reverberante que se disuelve en la nada infinitesimal del silencio. 

Tic tac tic tac.

El pasado mítico cuenta que alguien tuvo la sabiduría y el coraje de cortar el cable adecuado. Cada quien fundamenta su verba inflamada con su propia interpretación al respecto.  Pero nadie se atreve a decidir ni a hacer nada  porque todos saben que bien pudo ser aquel desenlace feliz cuestión del mero azar. 

Tic tac Tic tac.