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jueves, 18 de noviembre de 2021

QUIÉN QUERRÍA IRSE DE AQUÍ

 

           “…hablaban de libertad todo el tiempo, pero casi nadie quería ser libre, y casi nadie lo sabía…quienes sí desearon mirar a la Libertad de frente, en su mayoría enloquecieron. Eso no estuvo nada mal…”

       
       " ...la lucidez extrema y la paranoia se rozan los labios de manera envidiable..."

 

El estupor va a conminarte a partir.

Es menos probable que lo haga el hartazgo, aunque también se trata de una cuestión de vida o muerte para quien lo piense un poco.

Los cuerpos visibles van decantando en su caída a caminar las mismas calles, en el mismo orden de siempre. Eso implica transitar a la par los mismos pensamientos en una secuencia rutinaria, abominable.  Se va cristalizando una relación especular entre la topografía del terreno y la de los pensamientos. Hay calles que han quedado definitivamente sustraídas del recorrido y nadie se pregunta por qué.

 No pueden sentir ni pensar otras cosas los cuerpos que siempre hacen lo mismo.

En general, nadie quiere cambiar ni mover las cosas de lugar. El malestar es inherente, la asfixia es proverbial en un mundo as í, pero nadie quiere alterar nada.

Las revueltas son invisibles. Pasan desapercibidas salvo para lo que está encargado de aniquilarlas ni bien las detecte, fulminando a los invisibles insurrectos.

El peligro suele darles un repentino sentido a las cosas.  A la par del terror se puede percibir, si se olfatea bien, un sutil perfume de entusiasmo. Quizás de euforia.

               Ninguna voz del otro lado.

               Indicio elocuente.

               Ominosamente, está cerca, está encima.

               Moverse.

               Irse ya.

 

En la calle, la niebla habilita una visibilidad de no más de cinco metros a la redonda, apaga todo sonido que provenga de lejos y ofrece la sensación de que la viscosidad enlentece el devenir del tiempo. No conviene entregarse a esa alucinación.

Es pasada la medianoche.

Un taxi que nunca vio venir irrumpe. Alcanza por muy poco a hacerle seña.

Las buenas noches al taxista no obtienen réplica. Indica como destino la estación de trenes.

El taxi se detiene ante un semáforo.  Le causa extrañeza que aún funcionen los semáforos. Pero claro, ese tipo de cosas son las que se detendrían en último término. Lo más prosaico conserva la inercia de su funcionamiento aún después del momento en el que se ha vuelto perfectamente inútil.

El taxista escucha la radio. No parece haber noticias. No tendría por qué haberlas, claro.

Siente una artificiosa seguridad ahí adentro, dormitaría placenteramente hasta llegar a destino si no fuera por el idiota que ameniza la medianoche desde la radio con su murmullo engolado, evidentemente convencido, como casi todos los que tienen un micrófono delante, de que tiene cosas importantísimas para decir, sin percatarse de lo siniestro del sitio que ocupa.

Mira por la ventanilla para comprobar que la niebla torna más densa. Al cruzar una calle alcanza a ver, o cree ver, un cuerpo tirado en el medio de la vereda en la esquina en diagonal.

                      _ ¿Vio eso? _ le pregunta en un sobresalto al taxista e inmediatamente se arrepiente de haberlo hecho. Ya es tarde.

                      _ ¿Qué cosa? _ respondió desganado el tipo.

         

Hubiera asegurado que el taxista estaba mirando hacia el mismo lado. Tendría que haberlo visto. Prefiere no indagar.

El taxi se detiene ante un nuevo semáforo en rojo. A su lado, otro auto con vidrios polarizados. No se puede ver hacia su interior. No se puede saber cuántos cuerpos viajan allí. Hay un breve destello, quizás alguien que enciende un cigarrillo.

El semáforo en verde habilita continuar la marcha. El otro sigue al taxi por detrás durante algunas cuadras. EL taxi toma velocidad de a tramos y deja al otro vehículo allá atrás perdido en la bruma. Cada tanto aquél se adelanta y se hace nuevamente visible. Finalmente se pierde. Ya no verán a nadie más hasta el final del trayecto.

Llegan a la puerta de la estación.

Paga el viaje. Aún debe quedarle dinero para el tren.

                   _ Creo que estaba muerto _dice el taxista mirando el espejo retrovisor. Les brillan los ojos mutuamente.

No alcanza a reaccionar. La puerta se cierra y el taxi se aleja para siempre.
Mira perderse al auto en la niebla y siente irse tal vez la última oportunidad de hablar con alguien sin que eso se convierta en un intercambio entre zombies.

Siente la presencia de algo a sus espaldas. Acaso siempre fue lo mismo: un gran cúmulo de presagios improbables y tan solo unos pocos acontecimientos disruptivos que nadie hubiera podido anticipar ni después entender;  acumulados en una memoria mutante cuyo trazo, con el tiempo, será cada vez menos fiel.

El edificio de la terminal le opone su inmensidad a la niebla. El contraste es monstruoso.

Adentro, el hall está prácticamente vacío y muy mal iluminado. Casi la mitad de las luminarias han sido apagadas o están destruidas. La penumbra parece facilitar la propagación del eco del taconeo. Uno solo de los bares al paso ha permanecido abierto.

Más allá, los andenes están desiertos. Los hilos plateados de las vías se hunden en la bruma y lo último que alcanza a verse es el brillo tenue rojizo de las luces de las señales de vía libre.

Busca con la mirada dónde comprar su pasaje.

Frente a la ventanilla advierte que no sabe hacia dónde ir.

Que no hay hacia donde ir.

Que no sabe por qué decidió llegar hasta allí.

Pide un boleto para el tren de las dos, compulsivo intento de llenar el vacío de no saber nada.

La mujer que atiende es la única persona en ese sector. Le tiemblan levemente las manos. A su lado tiene un vaso de plástico con café. La superficie por debajo tiene una mancha amarronada y seca; quizás derramó algún café antes de ese. Su mirada tiene algún rasgo de desquicio.

                 _ ¿El tren de las dos? Hermoso. Con mi familia siempre salíamos de vacaciones en el tren de las dos…¡hermoso,hermoso!, sí…el tren de las dos…

Y queda como suspendida en un murmullo hablando con el vacío sin fondo de sí misma, agarrada de su rama sicótica al borde de algún abismo …

 

Siente un leve temblor y vuelve a mirar las manos de la mujer que acaban de entregarle el pasaje y aguardan el dinero a cambio.

Paga. Toma el pasaje. Se retira de allí. La deja hablando sola. Ella no se entera.

Mira los andenes, pasando los molinetes y le parece absurdo pensar que más allá de la niebla, siguiendo esas vías, pudiera haber habido algo hermoso.

Todo cree estar sucediendo, así como la mujer creyó estar diciendo alguna cosa, habilitando el último delirio antes del próximo.

Se dirige hacia el bar que había visto abierto, en la otra punta del hall.

Un televisor suspendido en el aire, mudo, con un pastor evangélico que seguirá hablando perpetuamente a sus momias de esperanza y de negocios.

Se sienta en uno de los bancos altos de la barra

Pide un café y algo de comer. 

Cambia con quien atiende, algo parecido a un billete y recibe a cambio algo parecido a un café, algo parecido a un bizcocho y algo parecido a otro billete que parece compensar la transacción. 

El intercambio es un encantamiento. Las sociedades son imaginarias.

El tráfico de miradas es el fundamento de cualquier circulación.

Ver y ser visto. Mirar y ser mirado.

Mirar a los otros, como si algo pudiera saberse o entenderse sobre un semblante indescifrable, para dejar caer estúpidamente lápidas de juicios delirantes.

Tributar a la mirada ajena una impostura pacientemente construida para ofrecer lo que el otro nunca ha deseado más que en la propia imaginación, y ser condenado aun cuando se consiga una caricia. A cambio.

Todo intercambio es desigual. La justicia es un embeleso aun cuando parezca justa.

El orden es siempre violento y amado a la vez.

No hay verdad nunca.

Libertad, amor, delirio. Signos detenidos absurdos para significar lo que se mueve.

Signos imposibles.

Signos como si fuesen monedas a cambio de otras.

Monedas falsas.

Valga la redundancia. 

Toda moneda es falsa. Aunque un equívoco circunstancial sirva para agotarla y convertirla en un café, en un bizcocho y en un pasaje para un tren que parta a las dos. En la guerra hay que apelar virtuosamente a cada ocasión de poder sacar una mínima ventaja.  

Despanzurrar signos para ver qué tienen dentro.

Descifrar el código morse de una estrella que tal vez ya esté muerta.

Dinamitar las etimologías para ganar un segundo más de oxígeno.

 

Muy cada tanto estalla el quiebre y parece revelación lo que es solo infinitesimal pasaje de una ilusión que se ha convertido en pura opresión, inmovilidad y agobio, hacia la ilusión siguiente que al fin decantará para reemplazar el yugo de la anterior.

 

Cree que todo lo que hay es una guerra eterna entre la Quietud y el Movimiento.

 

Moverse. Siempre quiere moverse.

Supone que la Victoria consiste en lograr pequeños y efímeros triunfos antes de la Derrota definitiva. 

Cada triunfo no es más que un nuevo escape. Otra bala que pasó de largo. 

Pero no cree que haya sitio hacia donde ir.

Sí hay sitios de los cuales irse todo el tiempo. 

 

Irse.

Otra vez irse.

Y después irse de nuevo.

Hasta que la catástrofe inexorable final no signifique nada 

 

Como quien interrumpe una escritura para mantener a salvo al silencio de su traición involuntaria  


Como quien interrumpe la lectura porque presiente que algo siniestro se esconde en seguir leyendo siempre del mismo modo. 

Como quien se sube a un tren que se hunde en la niebla sin destino conocido



 




viernes, 16 de octubre de 2020

INSUMISOS

El cuerpito de Mica  está encorsetado en una nube de tules.  Un vestido de quince, prólogo de una historieta que se supone, debe derivar hacia un vestido de casamiento.  Ambos atuendos, en algo, parecidos a una mortaja.

Los hombros de Mica al aire, con un toque sutil de purpurina parecen inaugurar simbólicamente una ofrenda de atributos para escuchar ofertas.  

Los ritos sociales se prolongan en el tiempo, aun cuando ya casi no tengan relación con nada realmente operativo. 

Ya se ha producido su entrada triunfal, escoltada de mamá Mónica, papá Roberto y esa cosa identificable como su hermano. Todos pudieron verla bajar junto a su familia de un Mercedes Benz (al que los cuatro se habían subido dos cuadras antes después de hacer un transbordo, muertos de frío desde el taxi que los depositó en una cortada penumbrosa y temible donde el Mercedes los estaba esperando). La madre se pasó las dos cuadras del viaje quejándosele al chofer de lo caro que salía alquilar ese auto por quince minutos.

Los privilegiados que fueron honrados con la invitación a esta noche soñada aplauden mientras hacen guardia de reojo para no perder de vista al mozo más cercano con bandeja de bocaditos. La leyenda cuenta que la recepción es lo mejor en este tipo de eventos. Lo que sigue después es en la mayoría de los casos olvidable. Finalmente, todo se salva un poco con la mesa dulce, si es que aún se conserva la capacidad de distinguir el sabor de algo y de caminar sin perder la vertical hasta hacerse de algún pedazo de lemon pie.

La clasificación taxonómica de los concurrentes coincide con territorios bastante bien delimitados en el salón de fiestas. El mejor lugar, reservado para familiares y allegados. Enfrente, cerca de la pista de baile donde más tarde el sonido de la música la ensordecerá, las luces de la pista la encandilarán y el humo la ahogará, ha sido confinada la manada de amigos y compañeros varones de Mica, todos de traje y corbata, hinchados de orgullo como muñecas peponas. Y del otro lado del paso hacia la cocina, un poco más a salvo, las amigas y compañeras. Casi todas parecen enfundadas en papel celofán , están maquilladas  y perfumadas como para el resto de sus vidas y alternan las miradas hieráticas hacia el sector varonil con risitas y cuchicheos cómplices.

La cara de Mica exhibe una expresión que no condice con lo que se supone debe ser una noche soñada, gloriosa. Mamá Mónica lo advierte y se la lleva hasta el baño

_ ¿Podés hacerme el favor de cambiar esa cara de orto? ¿qué te pasa? ¡Estuvimos años con tu padre juntando un peso arriba del otro para darte esto! ¿y ahora tenés esa cara de ojete?, ¿me podés explicar?...claaaro. la señorita también hubiera querido que invitemos a esos vagos y a esas arrastradas que andan con el hermano. Pero mucho esfuerzo nos costó. Con tu padre todo lo que tenemos lo hicimos con es-fuer-zo, ¿me entendés? Y no tenemos para invitar a todo el mundo, no hacemos caridad. Tenés acá gente de buena familia, gente bien. Si hubieras querido más, te hubieras puesto a la-bu-rar nena, como hacemos tu padre y yo mientras la señorita se despierta diez minutos antes de ir al colegio pri-va-do que los padres le pagan y todavía no sabe ni lavarse las bombachas. Así que cambiá esa cara y salí a saludar, ¿querés?

Error.

No es ese el problema.

En absoluto es ese el problema.

Mamá Mónica se equivoca.

A Mica no le molesta que la guita juntada con “es-fuer-zo” y algo de evasión tributaria de poca monta no haya alcanzado para invitar a los vagos y a las arrastradas. Todo lo contrario. Pertenece a una de esas adorables familias que necesita que haya “gente que no” para sentirse “gente que sí”. Por lo tanto no la aflige que afuera haya vaguitos y arrastradas “que no”. Conoce bien ese deleite.

Los pudo ver disimuladamente cuando ingresaba al salón. Los contó uno por uno. Había un grupito en la plazoleta de enfrente, semiescondidos entre los ligustros. Tres o cuatro más sentados en los umbrales de algunas casas llegando a la esquina. Todos con miradas acechantes, como hienas, con la esperanza quizás de que en algún momento de la noche algún descuido les habilite el ingreso, para por lo menos ver si quedó algún pedazo  de tarta toffe en la mesa dulce, o si pueden requisar  alguna  botella de sidra a medio terminar.

Mica se hubiera regodeado con tener esa caterva anhelante ahí afuera si no fuese por un detalle. Y ese es el verdadero problema. Hay cuatro que no están. Dos vagos y dos arrastradas que no están. Tendrían que estar en la calle con la ñata contra el vidrio junto con los otros. Pero no. Talisa, Nico, la Yenny y Clo no están.

Intenta un rictus parecido a una sonrisa y sale del baño con Mamá Mónica.

Primero, la ronda de saludos con la familia. Un primito le tironea el vestido. Una tía le llena la cara de un perfume bastante horripilante cuando le da dos besos, uno por mejilla.

Mica vigila de reojo la entrada vidriada del salón de fiestas. Es difícil divisar el exterior. El contraste de temperatura empañó los vidrios.  Cree ver fisgoneando hacia adentro a un par de  las hienas que hacen guardia en los aledaños al salón, pero la marea de gente que la rodea dificulta el escrutinio.

“Capaz que ya llegaron”, se consuela. Talisanicoyennyclo.

Ya están comenzando a dolerle los maxilares a raíz de la sonrisa forzada.

Se da inicio al proceso de intoxicación que hace las veces de cena. Se apagan las luces del salón. Entrada triunfal de caravana de mozos que llega desde la cocina con los platos que soportan la entrada. Muy sospechosas crepes de pavita.

La penumbra le da a Mica una idea. Aprovecha para chequear las redes en el celular. Tendría que haber alguna noticia de Talisanicoyennyclo. Encuentra que ya hay subidas varias selfies de muchos de los invitados, que la etiquetaron con mensajes de congratulación. También dos o tres bardeos ornamentados convenientemente con mensajes escatológicos de algunos de los forajidos que se están cagando de frío allá afuera.

De Talisanicoyennyclo nada. Ni rastro de dónde pudieran estar a esa hora, ni una mísera puteada.

Indignación.

Mientras trata de masticar el engendro de gallo con salsa rosa que les sirvieron, planea su estrategia.

Termina la ingesta de la entrada.  En segundos, los estrógenos del pollo comenzarán a actuar, acelerando el tránsito a la entrada en la eternidad de los más longevos y apurando el envejecimiento de los más jóvenes. Está científicamente demostrado que este tipo de celebraciones han incrementado la prevalencia de enfermedades hepáticas, renales y degenerativas en la población mundial. No se pierde nada.

Se apagan las luces principales. Primera sesión de baile de la noche.

Mica va hasta la mesa de los varones y se planta delante de Ramiro. Un “teta de perra” medio bobalicón que siempre anduvo detrás de ella, fracasando recurrentemente con total éxito.

Lo agarra de las manos y lo lleva de un tirón hacia la pista. Ramiro no da crédito a su fortuna. Comienza a salivar. No quiere que se note que traga la saliva que le está sobrando pero no lo logra.  Trata de recomponerse a duras penas. Entra con Mica a la pista de baile y ensaya un gesto de ganador que queda a mitad de camino entre el patetismo y la lástima.

_ Estás re elegante Ramiro, me encanta _ le dice Mica con un mohín perfectamente estudiado

_ ¿Te gusta?, la cprbata me la prestó mi papá, je _ intenta ser gracioso Ramiro

_ ¿Sabés qué Rami?, necesito un favor, yo sé que vos sos muy bueno _ le dice mientras le roza un pectoral con la punta del dedo índice _ cuando termine la música ¿podrías ir hasta la puerta?, allá afuera están algunos de los que se juntan en el kiosco de la esquina de mi casa, los amigos de mi hermano,¿viste?; bueno, vos andá y fíjate si no están Talisa, Nico, la Yenny o Clo, ¿dale?

_ ¿Vos los invitaste?

_ No no, pero quiero saber…

_ ¿Y qué te importa si están o no si no los invitaron?

_ Eh..dale, vos andá, yo después te explico…¿sí?…_ le dice Mica entrecerrando los párpados.

 

Terminado el baile, Ramiro se acerca a la entrada del salón. Intenta salir. La puerta está cerrada. Se acerca el encargado, que está haciendo guardia

_ ¿Dónde vas pibe?

_ ¿No se puede Salir?

_ No pichón, ahí afuera parece que hay unos quilomberos, el padre de Mica no quiere que se abra la puerta, salvo que te tengas que ir…

Ramiro a través del vidrio empañado reconoce a dos de los guerreros y a una chica que le hacen gestos no del todo diplomáticos. Intenta que le lean los labios y pregunta por el cuarteto. No le entienden. Mira a través del ventanal hasta donde puede y ve a los que Mica le dijo. Vuelve sobre sus pasos

_ Che Mica, no me deja salir el señor de la puerta, pero me parece que no están…

_ Bueno gracias _ responde lacónica Mica dando media vuelta sobre sí misma, obviando para siempre a esa cosa que ha quedado tras de sí llamada Ramiro

Fracasado el plan.

Mica se va al baño. Está sola. Se mira en el espejo

“Quieren humillarme” …” negros de mierda”

Quieren humillarla no yendo a su fiesta a la que no fueron invitados.

Okey.

Las reacciones paranoicas suelen surgir para reemplazar algo que se insinúa y que, de ser cierto, sería insoportable.

¿Algo en Mica prefiere la teoría de la humillación a la constatación de la indiferencia quizás?  ¿Cómo saberlo?

Segunda entrada triunfal de mozos. Las pechugas del gallo del cual las patas habían sido destinadas a las crepes de la entrada, con papas noisette y arvejas indomables. Varios comensales buscan al costado de sus platos si es que fueron dispuestos taladros o perforadoras para disfrutar del manjar.

Mica ni lo prueba. Hace bien.

Mira de reojo a Mamá Mónica, luminosa, radiante, pavoneándose entre los parientes. Escruta a su hermano, ya definitivamente disecado por el alcohol  berreta en un rincón, aun cuando la noche recién comienza. Papá Roberto que ya se devoró la pechuga, domó las arvejas y parece querer comerse el centro de mesa mientras deleita con sus chistes a la tía Clotilde.

Cada tanto se acerca algún grupito de amigas y le pide una selfie con todas juntas. En todas sin excepción Mica luce una sonrisa-rictus de Guasón.

Y rumia pensamientos, la incerteza la carcome, no puede pasar mucho tiempo más sin tener alguna señal clara en el laberinto de signos en el que se ha extraviado; algún indicio de ausencia, de humillación, de indiferencia fantasmática o de vaya a saberse qué.

Llegará el postre, la ceremonia de las velas, el vals de los quince con Papá Roberto y las lágrimas de Cocodrilo Mónica. Burbujas, fotos, papel picado,  más selfies, muchas selfies, el sutil aroma del vómito de los primeros descompuestos que no alcanzaron a llegar al baño.

Cuando todo se descontrola, aprovecha la penumbra en que ha quedado el salón ya desatado el baile y se dirige hacia la entrada.

_ ¿No me abre un poquito ?, hay unos amigos afuera…

_ ¿Estás segura piba? ...mirá que tu viejo me dijo …

_ Sí sí, no se preocupe, él ya sabe…

El guardia le entreabre a Mica la puerta con cautela como para apenas dejarla asomar la cabeza. En la pista de baile acaba de estallar el carnaval carioca.

Se acercan cuatro o cinco. Otro grupito que estaba un poco más apartado mira expectante

_ ¿Cuándo nos vas a dejar entrar Mica? _ dice socarrón uno

_ Hace frío acá che, ¿no queda algo de torta? _ inquiere otro

_ ¡Tirá la bombacha Mica! _ grita un gordo del grupito que está más lejos

_ ¡Pelotudo! _ le retruca una flaquita con el pelo violeta

_ Escuchen, ¿no vinieron Talisa, la Yenny…Nico, Clo?

No entienden porqué Mica les pregunta puntualmente por esos cuatro

_ No sé, yo no los ví, ¿vos los viste? _ le pregunta uno a la del pelo violeta

_ Creo que están allá enfrente, en unos bancos en la placita _ responde astuta la flaca

Cuando Mica abre más la puerta para asomarse, aprovechan y de un empujón entran en tropel. El tipo de la puerta termina desparramado en el piso.

Mica sale a la vereda. En la placita de enfrente, nada.

A un lado y al otro de la calle, nada. Nadie.

A sus espaldas empieza la guerra. Casi no se da por enterada de los desmanes. Busca con la mirada lo que no está.

Adentro aparecen un par de patovicas que el salón tendría guardados para alguna emergencia como la que se ha desatado. Estallan contra el piso un par de botellas. Papá Roberto intenta una trompada que termina en el aire mientras recibe otra que termina en su panza. El guardia de la puerta se recompone y trata de dirigir el teatro de operaciones con un handy. Uno de los vagos logra hacerse de un pedazo de brownie de la mesa dulce. Otros dos ya han huido. El hermano de Mica aparece de la nada como un zombie: trae en sus manos una lata de durazmos en almibar que rapiñó de la cocina y se la entrega a uno de sus “Warriors” como un tributo. La de pelo violeta junto con otra combatiente logran ganar la calle con un par de botellas de sidra y una botella de vino por la mitad. Más atrás persiste una gresca entre algunos forajidos y otros chicos “bien de buena familia” que será asistida por uno de los patovicas. Finalmente, los invasores son repelidos en su totalidad.

Nada de eso afecta la Nada. La Nada en la que definitivamente está inmersa  Mica allá afuera en la calle .

Papá Roberto sale a la vereda

_ ¿Qué saliste a hacer acá, pelotuda?, ¿no te das cuenta el lío que armaste?, ¡andá para adentro la puta que te parió!

Adetro la espera Basilisco Mónica. La agarra fuerte del brazo y le dirige su diatriba por lo bajo tratando de disimular la ira.

_ ¿Te das cuenta lo que hiciste? ¡Putita!,¿te das cuenta cómo nos hacés quedar a tu padre y a mí? ¡mañana vamos a hablar!, ¡no aabés la que se te viene!

Los mozos intentan, con un esfuerzo que enternece, reconducir una fiesta que está definitivamente perdida . Levantan sillas y recogen vidrios rotos del suelo. Unos primos de Mica apantallan a una tía que está desparramada en una mesa.  Durante los desmanes alguien le habrá dado una patada a la máquina de humo, cuestión que nadie la puede parar y está llenando de niebla todo el salón. Los chicos rodean a Ramiro que quiso hacerse el héroe y ahora tiene la camisa rota, un ojo en compota y una mecha de algodón en la nariz para parar la sangre. Algunos parientes abochornados deciden emprender la retirada. Papá Roberto rescata un aerosol de espuma y empieza a tirar espuma para todos lados mientras le da una orden al musicalizador y el carnaval carioca vuelve a sonar de manera ensordecedora como para intentar que esto aún se parezca a una fiesta de quince. Un mozo que sale del baño con un residuo de polvo blanco bajo la nariz se pone a arengar a la diezmada concurrencia aplaudiendo y girando en círculos en el medio de la pista, remedando involuntariamente a Gaby, Fofó y Miliki.

Había una vez un circo.

Una noche soñada, glamorosa, patética, que no habrá sucedido para Mica.

Esta noche de Mica es ya para Mica un rumor lejano, un agujero, una nada, un “no-hay”.

Mica no existe.

Solo  habrá  sido su vacío insoportable.

Talisanicoyennyclo.

 

 

 

miércoles, 6 de junio de 2018

ALUCINACIÓN


                                                                          

                                                                        "...si el otro es una alucinación,
                                                                           entonces yo también lo soy..."
                                                          Roger T. Norton : Lo que aún no nos dijimos-Cap III


Como la sombra de un nubarrón nefasto en ciernes ha avanzado la sensación recurrente de que los besos de algunas intensas alegrías no han sido más que los efectos de una alucinación. 

Suspicacia intermitente, como si cada tanto te metieran sorpresivamente un dedo en el culo. En su residuo no deja de tener algo placentero. Regodearse en el sufrimiento es un goce sutil, lo sabemos. Pero al principio aún se puede rechazar la idea...

Hasta que se abre al armario y se desmoronan todos juntos encima alucinados  los varios meses ya de esa maquinaria infernal de la felicidad, que mientras funciona te convierte en su adicto , te transforma en un perfecto idiota (...qué buena noticia, hay algo en lo que se puede lograr la perfección...) y cuando lo logra parece comenzar a caerse a pedazos. 

Una maquinaria correspondientemente compleja, hecha de algunos momentos de intenso presente de los cuerpos, demasiado pocos pero que son su combustible; articulada a través de tardes enteras de pensar y pensar; adornada con mensajes oblicuos, compulsivamente diseminados en todo el sistema de redes disponibles (el nuevo modo de la botella con un mensaje tirado al mar); y esas misivas que a veces tuvieron una devolución y a veces no (lo cual también se lee como una respuesta, como es sabido). Todo el tiempo perdido consultando dispositivos diversos como si fuesen oráculos (sospecho que lo son) 

Las mil y una interpretaciones de las interpretaciones previas . Un talmud personal
sofisticadamente inútil . Colección sucesiva de detalles insustanciales que siempre pueden significar alguna cosa si uno quiere, y  agrandados por su sombra parecen devenir en alguna forma de  revelación mística.

Diálogos imaginarios. Miles. Intercalados por muy pocos diálogos concretos que después les dan de comer.

Multitud de voces intrusas aturdiendo al deseo original y misterioso.

Dulce paranoia. 

Por supuesto,también,  las fastidiosas confesiones a los amigos. Inevitables. Y ellos que te devuelven una colección de alucinados y cariñosos consejos, todos diferentes y hasta contrapuestos entre sí  (lo cual, eso sí, te ayuda a sentir que los conocés mejor y a quererlos mucho más). Tu alucinación y las de ellos terminan componiendo el guion de una obra de teatro delirante ,destinada al éxito alucinatorio, y  en la cual ya no vas a dejar de sentir la obligación de jugar el rol principal, quizás para no decepcionarlos. 

Supongo que es condición necesaria y suficiente para la alucinación la de haber sido convencidos de que podemos oponerle un saber provisorio y precario como un castillo de arena a un No Saber perfecto en su vaivén como el mar que , fatalmente,  vuelve a poner la arena en su lugar.

Pero obstinadamente seguiremos yendo de un@ en otr@, intentando el ascenso hacia niveles de más "realidad" y menos alucinación... o tan solo hacia alucinaciones más sofisticadas, menos evidentes... 

Tal vez no haya más que alucinaciones. 

Tal vez no haya afuera lúcido a nuestro alcance.

Sea como sea no tenemos tanto tiempo como para averiguarlo...y las intensas alegrías nos hacen falta, quizás debido a eso, a que tenemos los días contados...: para qué andar finalmente, entonces, exigiendo mayores certezas?