Afuera se vino una tormenta.
Una tormenta como tantas. Aun así, nuevamente ese estúpido
miedo ancestral a lo desconocido. Bueno, es verdad, el miedo nunca es estúpido.
El estúpido es uno.
Miedo ancestral a la inminencia de algo inevitable y letal,
algo que no haya sucedido en ninguna de las tormentas que ya atravesamos con
menor o mayor suerte, que destruya todo lo visible o despedace nuestros huesos.
Algo.
Cada tormenta ha pasado. Hemos comprobado que nuestra
imaginación de catástrofes está hipertrofiada. Pero saberlo finalmente no ha cambiado
mucho las cosas.
Estoy adentro ahora, a resguardo.
Laura Castro también está adentro.
Laura Castro, o Castro Laura.
Laura es blanca, rubia. No tan rubia, pero rubia.
Tiene una sonrisa hospitalaria, deslumbra un poco.
Una mirada algo más atenta percibe que la línea de los
labios está levemente torcida. Y que un párpado está un poco más caído que el otro.
Sutiles imperfecciones brindan una belleza accesible. Laura Castro podría
amanecer mañana en la cama de cualquiera. Eso es perfectamente imaginable (aunque
no suceda nunca) porque Laura Castro se nos parece en esos amables defectos.
Laura está de espaldas contra una puerta y detrás de esa
puerta se dirime la verdad.
Imagino que preguntarse quién llevó a Laura Castro allí es inadecuado;
que habría que preguntarse “qué” puso a Laura allí. Pero estamos demasiado
habituados a preguntar “quién”.
Para ciertas abstracciones hace falta tiempo y menos
velocidad de vivir.
Pensar siempre en quién y no en qué, ser poco o nada dados a
la pregunta de “cómo funciona”, lleva, en situaciones extremas, a que nos
queramos matar mutuamente, y que estemos todo el tiempo buscándole la cara al
culpable.
Pero eso sucede allá afuera.
Aquí adentro todo es acogedor. De fondo, un ambient
techno, o quizás deep techno y cierto aroma a café.
Quizás sea eso lo que habilite en mí una mirada levemente
más aguda.
Laura Casto sostiene entre los dedos índice y pulgar de cada
mano su tarjeta de débito que dice, obviamente Laura Castro.
Veo que esa tarjeta no está allí, aunque eso parezca.
Si uno se fija, la hendidura que los vértices del plástico
que todo lo promete le provocan a las yemas de los dedos de Casto Laura, es una
línea recta y los bordes no proyectan sombra hacia atrás.
Inmediatamente comprendo otra cosa, algo que debería haber
sabido desde el principio: Laura Casto no es Laura Castro. Ni Castro Laura.
Al lado de Laura, o de quién quiera que sea Laura, sobre el
panel divisorio entre este sitio y la verdad, un cartel reza que, por
disposición de una circular del Banco Central, no está permitido permanecer en
el lugar con gorra o con lentes oscuros.
Reconfortante. No hay nada que temer. Obviamente también
está vedado el uso del celular, ya lo sabemos. Aquí nadie podría robarnos. Por
un rato, al menos, algo quiere que sepamos que podemos estar tranquilos.
Algo presupone que no nos damos cuenta de que quien haya
podido acceder a este sitio para robar, no estaría donde varias personas y yo
mismo estamos ahora. O sabe que, aun dándonos cuenta, hay tantas otras cosas
que no advertimos, que no llegamos a sentirnos estupefactos antes nuestra
estupidez. Por eso ese cartel, el de los
lentes y la gorra, puede estar ahí aclarando que aquí nadie va a robarnos. La
única que podría robarnos algo sería Laura, o quien quiera que sea esa chica.
Yo me dejaría robar con gusto por ella.
Ese anuncio pegado al lado de Laura habilita la ilusión de que
es ella la que nos está aclarando que aquí estamos seguros.
Un poco más acá de la sonrisa eterna de quien deseo seguir
llamando Laura, y a la que tengo que contenerme para no sonreírle yo también,
hay una pantalla led, donde sale el número de turno que cuando coincida con el
nuestro indicará que podemos pasar al otro lado y vérnoslas de frente con la
verdad de este mundo.
Al pie de la pantalla una leyenda anuncia CFTEA para
préstamos al consumo: 501.75%. La prohibición de los lentes negros y la gorra,
además de evitar inconvenientes, asegura la visión despejada para poder leer
con claridad los anuncios que salen allí.
La pantalla anuncia mi turno de vérmelas de nuevo con la
verdad. Me incorporo, abro la puerta bailando por un segundo con Laura, la dejo
atrás y paso.
Presiento que esta vez, como tantas otras, no veré nada del
otro mundo.
Pero no me abandona cierta excitación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario