No hay Poder sin pensamiento mágico.
La fe en la divinidad y magnificencia del rey fue
reemplazada por la más razonable profesión de fe democrática y la proclama bleu,
blanc, rouge.
Pero son dos expresiones de aquel viejo mecanismo Diremos,
del mismo mecanismo de siempre: un cuento de hadas.
Cuento de hadas de cuya naturaleza se puede llegar a ser
plenamente consciente. Y en el que, aun así, se continuará creyendo
profundamente.
Ha habido otros modos de ese fantástico cuento y habrá
alguno nuevo después del actual, aún inimaginable. Durará hasta que se compruebe
que no trajo nada diferente al anterior. El Gran Cuento de Hadas, podría
pensarse, es quizás creer que el próximo no lo será.
Pero en todas sus versiones algo puro y duro persiste. El
Palacio. Y su adentro. Y su afuera.
El Palacio, a veces más pequeño y exclusivo; otras, más
grande y hospitalario.
Siempre, de algún modo, delimitado. Sus lindes son móviles,
nadie puede ubicarlos con precisión.
En todos los casos sucederá lo mismo que siempre sucedió: no
hay lugar para todos.
Los muros ayer parecían infranqueables, y el misterio de sus
salones y alcobas propiciaba las más variadas y fantásticas historias en
imaginaciones frondosas. Hoy sus confines parecen extenderse y hasta cualquier
mesa en algún bar de mala muerte puede parecer formar parte de su mobiliario.
Mañana, no se sabe.
Lo cierto es que en algún sitio hay una puerta que solo
puede atravesarse con contraseñas, artimañas, bendiciones o traiciones.
Quienes han logrado entrar y quienes no, propician una
confusión bifronte.
Adentro, esa confusión lleva a creer que son el Poder. No lo
son. Aferrarse con ferocidad a los atributos logrados es en principio ambición,
pero en última instancia, es terror al afuera y al vacío (el vacío no existe
sino cuando se le teme).
Afuera, esa confusión los hace creer contrarios al Poder. No lo son. Estar afuera parece un motivo de
orgullo. Triste es el orgullo, siempre,
porque es el velo para simular que no se está atravesado por la misma ambición
que los de adentro, que, inalcanzables, disfrutan provisoriamente de una fiesta
que parece eterna.
Ninguna fiesta es posible si no tiene al mismo tiempo
invitados y excluidos.
La condición de goce de quienes festejan es que haya quedado
cierta y determinada gente al margen de la celebración.
La fiesta encontrará su condición de posibilidad mientras
afuera haya quienes quieran entrar y no puedan.
Los que creen ser el Poder, no lo son pero parecen tenerlo
al menos.
Los que simulan la dignidad de la emancipación con la ñata
contra el vidrio, acallan así el resentimiento mientras planean, siempre
delirando, cómo hacer para entrar y destronar. Y el delirio será razón de
estado el día que lo consigan
Hay un malentendido que asegura el gran negocio de cronistas
y otros “bufones solemnes” por el estilo: la idea de que el Poder le teme a lo que se le
opone, asimila que ese temor está encarnado en los de "adentro" que
"son el Poder " y su amenaza encarna en los de "afuera", definidos a sí mismos con legítimo orgullo
como sus eternos opuestos.
Pero ni los unos ni los otros son el Poder, ambos lo desean,
y son tan solo sus muñecos. En eso los transforma el hechizo (no hay cuentos de
hadas sin hechizos). El Poder es un
increíble y ambiguo ventrílocuo.
A quienes sí le tiene terror pánico el Poder es a los
inhallables, aborrecidos tanto adentro como afuera.
Los que no están merodeando extramuros la fiesta pugnando
por entrar o aparentando desinterés mientras escrutan por el rabillo del ojo si
hay alguna hendija para colarse.
Los que no se sabe dónde están a cada momento, en este mismo
momento, o ayer o mañana, ni qué es lo que desean, donde quiera que se
encuentren.
Los viven en algún silencio que impide saber cómo es el
cuento de hadas en el que creen, si es que creen en alguno.