Él, muy alunado para este mundo.
Y demasiado insolvente para lo mismo.
Por algún motivo los espejos se desquician a su paso.
Los de su casa y los ajenos.
Así, poco o nada advertido de su alunamiento y su insolvencia,
sigue a la pesca de errores y malos entendidos para echárselos encima. Es solo
mera casualidad que alcance cada tanto algún modesto prodigio.
El vicio recurrente de buscar causas o culpables.
A veces las causas son inextricables.
A veces los culpables no existen.
Y a veces se revelan causas claras o culpables en
flagrancia. Es prudente no descartar que pueda tratarse de una trampa tendida
por él mismo. Claro. También existe el riesgo de buscarle causas o culpables a la trampa; si es que se presume
haber caído en una.
Él dice: " Soy yo. Pero no. Con mis piezas hicieron
este desastre, esta calamidad ".
¿Cómo no creerle?
¿Cómo tomarlo en serio?
Él dice: " Debería desarmar, desatornillar este
bochorno"
¿Por qué?
¿Para armar qué?
A nosotros no nos pasa. Tenemos nuestras cosas. A todos nos
habrá tocado atravesar algún barrio devastado.
O quizás nacer en uno. Nadie sale indemne de allí. Pero no hemos llegado
a los extremos del pobre alunado.
Por tanto, no tenemos más que una sonrisa perdonavidas y un
residuo desdeñoso para el desconcierto crónico en el que el alunado gasta sus
días.
La sonrisa y el desdén que velan lo que no se quiere ver.
La aparición de un alunado es muy inquietante para quien
cree no serlo.
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